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El grupo Wageningen University & Research, sito en Food Valley (la versión agrotecnológica holandesa de Silicon Valley), es un factor clave del éxito agrícola de los Países Bajos. La universidad también está exportando su innovadora perspectiva a todo el mundo.

Vida o muerte

PARA ALGUNOS INVESTIGADORES HOLANDESES, la preocupación por la gente amenazada por el hambre proviene en parte de un trauma nacional: los Países Bajos fueron el último país occidental en sufrir una grave hambruna, cuando entre 10.000 y 20.000 personas murieron en los terrenos ocupados por los alemanes durante el último año de la Segunda Guerra Mundial. Décadas después, Rudy Rabbinge, miembro del WUR y profesor emérito de desarrollo sostenible y seguridad alimentaria, hizo suya la causa al ayudar a idear grandes cambios en el profesorado, alumnado y plan de estudios y transformar así la institución en lo que él llama «una universidad para el mundo y no solo para los holandeses». Actualmente, una parte considerable de las actividades académicas y de investigación del WUR se centra en los problemas que acechan a las naciones pobres.

En torno al 45% de sus estudiantes de posgrado (incluidos casi dos tercios de los doctorandos) proceden del extranjero, y representan a más de un centenar de naciones. Los asiáticos, con chinos e indonesios a la cabeza, superan en número a casi todos los europeos de fuera de los Países Bajos juntos. Los antiguos alumnos del WUR se encuentran hoy en las más altas esferas de ministerios de agricultura africanos, asiáticos y latinoamericanos.

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Estoy sentado en la cafetería del campus con tres de las jóvenes promesas del WUR, una descripción que hasta no hace tanto hubiera significado «hombre» y «holandés». Las tres son mujeres jóvenes, originarias de Uganda, Nepal e Indonesia.

«Conocí a una exalumna del Wageningen mientras estudiaba la carrera en Uganda», me cuenta Leah Nandudu cuando le pregunto cómo ha acabado aquí. «Era experta en determinación de fenotipos», la avanzada ciencia que proporciona un retrato detallado de los rasgos y potencial de una planta. «Me inspiró mucho descubrir que una africana podía hacer esas cosas. Esa chica era el futuro: estaba en el lugar al que tenemos que ir».

El encuentro acabó llevando a Nandudu a recibir una beca en el WUR. Su padre cultiva 1,2 hectáreas, divididas entre café y plátanos. Su madre es profesora de inglés en un colegio y ayuda en el campo. «Tenemos todos los problemas a los que se enfrentan los agricultores hoy en día, solo que mucho peores, especialmente a causa de las consecuencias del cambio climático».

Pragya Shrestha creció en el Nepal rural, un lugar con zonas completamente arruinadas por años de uso de pesticidas y fertilizantes. Pocos métodos mejores y más sostenibles han tenido éxito hasta la fecha.

«Es un problema político», dice. No pueden ponerse en marcha nuevos métodos de cultivo por falta de fondos públicos. «También es un problema de población. La fragmentación del terreno en parcelas cada vez más pequeñas solo es apta para un trabajo humano muy poco eficiente y que genera ingresos reducidos».

Renna Eliana Warjoto es de Bandung, la tercera ciudad más grande de Indonesia. «La gente desconfía de las ideas que vienen de fuera» afirma mientras Shrestha y Nandudu asienten con la cabeza. «Los agricultores están tan acostumbrados a tener vidas e ingresos marginales», añade, «que les cuesta creer que las cosas podrían ser diferentes».

Entre 1944 y 1945, una hambruna mortal azotó la isla de Java, donde se ubica Bandung. Murieron alrededor de 2,4 millones de personas. La devastación provocada por unas malas cosechas regionales amenazaba a Indonesia desde una fecha tan reciente como 2005. En las zonas rurales de Nepal, los suministros de comida se agotan a causa de la sequía y de los altos precios de las importaciones más básicas. En 2011, la hambruna golpeó a 13 millones de personas en el Cuerno de áfrica, y en 2017, 1,6 millones de ugandeses se enfrentaron a la inanición sin recibir una asistencia rápida del exterior. Hubo una época en la que estos acontecimientos eran inimaginables. Sin embargo, palidecen si los comparamos con lo que podría deparar el futuro. El número de personas amenazadas por el hambre en tan solo tres naciones africanas y en la zona del mar Rojo de Yemen supera hoy los 20 millones y aumenta inexorablemente, según Naciones Unidas. «Nos enfrentamos a la mayor crisis humanitaria desde la creación de la ONU», advirtió en marzo Stephen O'Brien, Coordinador del Socorro de Emergencia de la organización.

«La tarea más ardua es cambiar la percepción que tiene nuestra propia gente acerca de la crisis a la que hacemos frente y lo que necesitamos hacer para abordarla», dice Nandudu. «Ese es mi trabajo cuando voy a casa. No podemos mirar hacia otra parte».


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